Cances Historia

O CASTRO DE CANCES

Tipo de ben: Castro / Outros xacementos da Idade do Ferro,
Concello: Carballo
Parroquia: Cances (San Martiño)
Lugar: Cances Grande
Outra denominación do ben: Agra do Castro
Cronoloxía: Idade do Ferro,
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Este recinto defensivo sitúase a uns 155 metros de altura sobre o nivel do mar, de forma ovalada cunhas medidas duns 190 metros SO-NL e uns 115 metros NO-SL pola parte da croa e de 76 metros pola parte do antecastro. A zona da croa presenta un recinto case circular duns 95 metros de diámetro cuns parapetos que chegan dos dous a catro metros cara ó exterior non sendo posíbel mirar cara ó interior pola abundante vexetación. A esta croa cíngueo outro parapeto de dous a cinco metros polo exterior e dun metro máis menos cara ó interior. Cara ó norlés presenta unha sucesión de terrazas coas súas defensas de diferentes medidas. Grandioso Castro cuns sete mil metros cadrados de superfie na súa croa e de 1`63 Ha. na súa totalidade aínda que podería chegar ás 5 Ha. na súa área de influencia. Moi perto del pasan dous pequenos ríos, o Rego Quintela dende o leste ó sur, e o Rego da Bandeira polo oeste ó sur. Hoxe en día, a entrada deste castro sitúase ó norte mais pode ser que non sexa a entrada orixinal.
Propiedade: Privada
Uso actual: Agrícola
Código no Catálogo da Xunta: GA-15019011
Categoría do Ben: Catalogado (Catálogo da Xunta e dos PXOM)
Elementos mobles:
Tradición oral: 

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A lenda da Eira das Meigas

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A lenda dinos que no Monte Neme estaba a Eira das Meigas, que no San Xoán se reunían neste lugar coincidindo coa chegada do solsticio de verán. Dese carácter máxico da zona daba fe un antigo crómlech, derrubado no século pasado pola construción de pistas na zona.

Ao parecer, no San Xoán todas as bruxas da zona facían o seu aquelarre, especie de “congreso” no que se xuntaban co demo, en forma de macho cabrío, e daban conta das súas falcatruadas. Antes de ir para o Monte Neme, lavábanse e preparábanse na Fonte das Meigas, de Rabo de Lobo, en Tordoia, ou na Fonte de Amén Xesús, en San Paio de Xaneiro (preto da férveda de Entrecruces). Iso si, de camiño ao Monte tiñan boa conta de esquivar a igrexa de Santa María de Ardaña, onde disque a estatua de San Vicente lle quita o meigallo ás crianzas.

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Que fue de la MINERÍA EN LA COSTA DA MORTE

Los otros dones de la tierra

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Un grupo de mujeres trabajan en la explotación de wolframio del Monte Neme Autor de la imagen: | ARQUIVO DE XAN FRAGA RODRÍGUEZ

Decenas de explotaciones de wolframio, titanio, pirita, cuarzo, oro y caolín llegaron a funcionar simultáneamente en una comarca en la que hoy apenas queda nada

Autor:
Eduardo Eiroa
Fecha de publicación:
28/2/2010

Hubo un tiempo en que la tierra, en la Costa da Morte, daba algo más que patatas. Productos mucho más rentables que nada tenían que ver con la agricultura. En la comarca proliferaron las explotaciones mineras de arcillas y minerales. Las minas del monte Neme, en Carballo, son las que mantienen en la memoria de muchos el vínculo industrial de la comarca, pero hubo muchas más.

La Costa da Morte es una zona de la que salió oro, wolframio, titanio, cuarzo, pirita y caolín. A principios del siglo pasado eran decenas las explotaciones abiertas y funcionando a pleno rendimiento, sobre todo las de wolframio, un metal que generó cientos de puestos de trabajo y permitió a algunos amasar grandes fortunas.

Su explotación, curiosamente, la introdujo un médico, no un ingeniero. Pedro Abelenda era natural de Malpica, aunque afincado en Carballo. En su mente siempre estuvo el wolframio, un producto con que el que soñaba en hacerse rico. Lo consiguió.

El wolframio era un elemento fundamental en la fabricación de armamento. Tanques y cañones lo llevaban aleado con otros metales en su composición. En época de guerra, el precio de la materia prima se disparaba y los productores obtenían importantes beneficios.

Cuenta Xan Fraga que eso fue precisamente lo que le pasó a Abelenda. La Alemania nazi necesitaba alimentar con nuevas armas su máquina de guerra, y en Carballo y su entorno -también lo había en Cuns -en O Carrizal de Abaixo- y en Santa Comba encontraron buena parte de lo buscaban. Eso sí, pagando.

Fue una época dorada para el negocio de Abelenda, con las minas en concesión a la empresa Sofindo produciendo a pleno rendimiento y dando trabajo a vecinos de Carballo, Sofán, Buño, Cances y muchos otros lugares del entorno.

Vislumbrando ya que la guerra se decantaría del bando de los aliados, el Gobierno de Franco empezó a poner problemas a la explotación de wolframio para evitarse conflictos con los futuros vencedores. Hacia 1943, en un Carballo donde se cruzaban espías de todos los bandos y donde el estraperlo del wolframio permitía mejorar los ingresos domésticos, el negocio empezó a decaer.

Con Abelenda trabajaba Jacinto Amigo Leira, Chinto. Era su segundo, y a la postre fue también quien heredó el negocio. Como Abelenda, Amigo acabó haciéndose de oro gracias al wolframio. No fue ya la Segunda Guerra Mundial la que llenaría sus bolsillos, sino la guerra de Corea.

En el monte Neme la actividad no paraban las excavaciones, repartidas en cientos de hectáreas, se contaban por docenas. Cada hoyo con su nombre. La Galaica, la Reconquista, Lolita, Carlos Milagros, Pilar… Son alguno de los nombres de minas que ocupaban desde 160 hectáreas la más grande a solo unas cuantas en las más pequeñas.

A Amigo le fue bien el negocio. Llegó a ser alcalde de Carballo y cuenta Xan Fraga que Franco se refería a él como «Chinto el del wolframio».

Abelenda inició el negocio pidiendo permisos en 1917, y a mediados de siglo seguía funcionando bien. Cambiaría de nuevo la empresa de manos y acabaría en las de la familia Ferreiro, en una tercera etapa que se prolongaría, con una lenta decadencia, hasta mediados de los 80, cuando las minas del monte Neme dejaron de ser productivas.

Las instalaciones cerraron y quedan hoy algunos restos, pocos, después de que la Xunta, hace años, exigiera la demolición de túneles y el tapado de huecos para prevenir accidentes. Falta un centro de interpretación que saque del olvido aquella época, pero por ahora no parece que vaya adelante.

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CARBALLO

29 de octubre del 2005

Meigas en la ruta del volframio

En directo | En la visita al monte Neme
Uno de los pocos círculos líticos que se conservan en Galicia, amenazado por las canteras, sobrevive entre antenas, vertederos, camiones, eucaliptos y viejas minas

  • Autor del comentario:
    Cristina Abelleira
    Localidad:
    carballo

En la cima del monte Neme, rodeado por las canteras que estuvieron a punto de destruirlo y semioculto entre la maleza, se conserva uno de los pocos círculos líticos de Galicia, la Eira das meigas , en la que dice la leyenda que se celebran los aquelarres en la mágica noche de San Xoán.

El enclave no tiene pérdida. Desde Cances, siguiendo la ruta de los camiones que transportan la arena de las canteras, o desde Razo, por una pista apta para turismos, basta con seguir la línea ascendente de la ladera. Y en ambos casos es posible encontrar todavía huellas de las antiguas minas de volframio.

Eso era lo que iban buscando ayer los participantes, una treintenta, en la visita al monte Neme con la que se clausuraron las jornadas de memoria local organizadas por el Concello de Carballo y la Asociación Socio-Pedagóxica Galega (AS-PG). Pero el fuerte viento y la intensa lluvia obligaron a recortar el trayecto con la esperanza de repetirlo en una época de mayor benevolencia climática.

El autobús enfiló hacia la cumbre desde Cances. La pista, deteriorada por el continuo tránsito de vehículos pesados, está flanqueada por amplias zonas arboladas de eucaliptos y pinos, muchas de ellas de reciente reforestación. Carmen Basalo y Manuela Lago, antiguas trabajadoras de las minas, que compartieron con el historiador Xan Rodríguez Fraga la tarea de guías, señalaban a través de la ventanilla la ubicación de algunas de las galerías en las que trabajaron tantos hombres y mujeres de la zona durante buena parte del siglo pasado, pero a las que actualmente es casi imposible acceder porque las entradas han sido tapiadas o taponadas por la maleza.

Restos de piedra

Así que hubo que conformarse con ver, desde la pista, los restos de las antiguas minas que explotaron «Rosendo e Alberto, o Portugués» en los años 50, en la zona de A Braña. En ellas trabajó Carmen Basalo, que explicó que los muros de piedra que se conservan, ya derruidos, entre los árboles correspondían a la casa de los vigilantes y los encargados y a los almacenes en los que se guardaban el mineral y las herramientas.

A medida que el autocar fue ascendiendo empezó a verse el mar. La vista desde lo alto del monte Neme es espectacular: las islas Sisargas, el cabo de San Adrián, la playa de Razo, la marisma de Baldaio y, más a lo lejos, el cabo Prior, todo al alcance de la mirada incluso en días lluviosos como el de ayer. Pero el entorno contrasta con las excavaciones para la extracción de arena, que han convertido algunas zonas del paraje en auténticos lagos; con las antenas de todo tipo que coronan la cima, con el vertedero de residuos de la construcción que nunca llegó a entrar en funcionamiento y con anárquicas casetas que pueblan las laderas.

Los caminantes sustituyeron el negro y pesado volframio por las piedras que integran el círculo lítico, que pasaría inadvertido para los profanos de no ser por una rústica señal de madera que indica su emplazamiento. Xan Fraga explicó que es «practicamente o único cromlech que queda en Galicia, e está nunha especie de illa porque fixemos xestións para que as canteiras non acabasen con el».

Para evitar, precisamente, que todo ese patrimonio acabe por desaparecer, el historiador carballés hizo una propuesta a la concejala de Cultura, que también realizó el recorrido, para crear una ruta del volframio que permita recuperar, identificar y acondicionar los restos de edificios que aún se conservan en lugares como A Braña o las denominadas «casas dos asturianos», que jugaron un papel muy importante en la época de Jacinto Amigo Lera y que permanecen prácticamente inalteradas en la zona más próxima a Razo, a la que ayer no fue posible acceder. El complemento sería la creación, en el Museo de Bergantiños, de una sala dedicada al volframio, un proyecto que ya tiene el visto bueno del gobierno municipal.

Y, además, Xan Fraga lanzó la propuesta de convertir la cumbre del Neme en un centro de interpretación comarcal, eso sí, con el permiso de las meigas.

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CANCES

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En el límite con Ponteceso y Malpica, al oeste de Carballo, se encuentra este núcleo de 675 habitantes. Cances fue una de las parroquias más pobladas del municipio. En ella puede visitarse uno de los recintos castreños mejor conservados del municipio: el Bico do Castro.

En el paisaje de Cances destaca también el monte Neme, un espacio con connotaciones mágicas. Su nombre procede de la palabra celta Nemeth, que significa Monte Sagrado. En este lugar existió una mina de volframio que supuso una importante fuente de ingresos para el municipio durante la II Guerra Mundial.

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Cances

Hórreo de Cances

Hórreo de Cances

Extensión: 10,56 km²
Población: 623 habitantes

Lindando con Ponteceso, Malpica y Verdes, en Coristanco, encontrarás Cances. Si visitas esta parroquia te aconsejamos detenerte en sus numerosos cruceros, en los hórreos del siglo XIX, y en las casas tradicionales y antiguos caseríos del lugar de Cances Grande, en sus tiempos el más habitado del municipio. Eso sí, conserva fuerzas para ascender al Monte Neme, que te recompensará con amplias vistas de los ayuntamientos de Malpica y Carballo.

En Cances da Vila está la iglesia parroquial, de estilo barroco y con origen en el siglo XVII. Fíjate en su retablo mayor, con el carácter recargado propio del rococó.

En este lugar se celebraba, tiempos atrás, una feria de ganado vacuno y porcino, los terceros sábados del mes. La feria más importante, la de los Bois Gordos [Bueyes Gordos], tenía lugar en marzo y abril. Parece ser, según las indicaciones del historiador Carré Aldao, que cerca de la iglesia fueron encontrados los restos de una necrópolis tardorromana.

En el camino hacia Cances Grande, y al lado de un pequeño robledal, encontrarás la capilla de San Pedro, que guarda la imagen de San Campio, a quien se encomendaban antaño los jóvenes cuando marchaban para el servicio militar. A lo largo de Cances encontrarás hasta seis cruces extendidas por la parroquia como elementos cristianizadores.

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